sábado, 11 de abril de 2015

Comentarios a las Lecturas del II Domingo de Pascu...

Caminando por las huellas de Cristo.: Comentarios a las Lecturas del II Domingo de Pascu...: Comentarios a las Lecturas del II Domingo de Pascua 12 de abril de 2015 Hoy es el domingo de la Divina Misericordia. San Juan Pablo ...





3 comentarios:

  1. an Agustín en su comentario a la Primera carta de San Juan y concretamente en los versículos de hoy nos dice: " Veamos, pues, qué significa creer en Cristo, creer que el mismo Jesús es Cristo. Así sigue la carta: «El que cree que Jesús es el Cristo, ha nacido de Dios». ¿Pero qué significa creer eso? «Todo el que ama al que le da el ser, debe amar también al que lo recibe de él». Une inmediatamente el amor a la fe, porque la fe sin amor no sirve para nada. La fe con amor es la del cristiano; la fe sin amor es la del demonio. Y los que no creen son peores y más tardíos que los demonios. No conozco a nadie que no quiera creer en Cristo, pero si hay alguien, ni siquiera ese está en la misma situación que los demonios. Ya cree en Cristo, pero le odia. Confiesa la fe, pero por temor al castigo, no por amor a la corona. Los demonios también temían recibir un castigo. Añade a esta fe el amor para que sea la fe de la que habla el apóstol Pablo: «La fe que actúa por medio del amor» (Gál 5, 6). Has encontrado al cristiano, has hallado al ciudadano de Jerusalén, al ciudadano de los ángeles, te has cruzado en el camino con un viajero que suspira por el final del camino. únete a él, pues es tu compañero, y corre con él, si es que tú eres lo mismo que él. «Y todo el que ama al que le da el ser, ama también al que lo recibe de él». ¿Quién es el que engendró? El Padre. ¿Y quién es el engendrado? El Hijo. ¿Qué quiere, pues, decir? Que todo el que ama al Padre, ama al Hijo.
    «En esto conocernos que amamos a los hijos de Dios». ¿De qué se trata, hermanos? Hace un momento Juan hablaba del Hijo de Dios, no de los hijos de Dios. Cristo era el único que se ofrecía a nuestra contemplación cuando decía: «El que cree que Jesús es el Cristo ha nacido de Dios, pues todo el que ama al que le da el ser —es decir, al Padre— ama a quien lo recibe de él», o sea, al Hijo y Señor nuestro Jesucristo. Y continúa: «En esto conocemos que amamos al Hijo de Dios», como si dijera: en esto sabemos que amamos al Hijo de Dios. El que poco antes decía «Hijo de Dios», dice ahora «hijos de Dios», porque los hijos de Dios son el cuerpo del Hijo único de Dios. Y como él es la Cabeza y nosotros los miembros, no hay más que un único Hijo de Dios. Luego el que ama a los hijos de Dios ama al Hijo de Dios. Y el que ama al Hijo de Dios ama al Padre. Porque es imposible amar al Padre si no se ama al Hijo. Y si se ama al Hijo, se ama también a los hijos de Dios.

    ResponderEliminar
  2. Y continua San Agustin en su comentario: " ¿A qué hijos de Dios? A los miembros del Hijo de Dios. Y, al amar, él mismo pasa a ser miembro y, por el amor, se incorpora a la unidad del cuerpo de Cristo. Pues si se ama a los miembros, se ama también al cuerpo. «¿Que un miembro sufre? Todos los miembros sufren con él. ¿Que un miembro es agasajado? Todos los miembros comparten su alegría».
    ¿Qué es lo que dice a continuación?: «Ahora bien, vosotros formáis el cuerpo de Cristo y cada uno por su parte es un miembro» (1 Cor 12, 26.27).
    Al hablar un poco antes del amor fraterno, Juan decía: «Quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve». Si amas a tu hermano, ¿cómo es posible que le ames a él y no ames a Cristo? Por tanto, si amas a los miembros de Cristo, amas también a Cristo. Si amas a Cristo, amas al Hijo de Dios. Y si amas al Hijo de Dios, amas también al Padre. El amor no se puede dividir. Elige qué vas a amar, porque, una vez que lo eliges, lo demás viene por sí mismo. Si dices: «Sólo amo a Dios, a Dios Padre», estás mintiendo. Porque si amas, no le amas sólo a él. Si amas al Padre, amas también al Hijo. O si dices: «Amo al Padre y al Hijo, pero sólo a Dios Padre y a Dios Hijo y Señor nuestro Jesucristo, que subió a los cielos y está sentado a la derecha del Padre, al Verbo por el que todo fue hecho, al Verbo que se hizo carne y habitó entre nosotros», vuelves a mentir. Porque si amas a la Cabeza, amas también a los miembros; y si no amas a los miembros, tampoco amas a la Cabeza. ¿Es que no te estremece la voz de la Cabeza que grita por los miembros: «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?» (Hch 9, 4). Dijo que el que perseguía a los miembros le perseguía también a él, y que el que amaba a sus miembros le amaba también a él. Pues bien, hermanos, ya sabéis cuáles son sus miembros: la Iglesia de Dios.
    «Por tanto, si amamos a los hijos de Dios, es señal de que amamos a Dios». ¿Cómo es posible?, ¿es que no son una cosa los hijos de Dios y otra muy distinta Dios? Pero el que ama a Dios, ama sus mandamientos. ¿Y cuáles son sus mandamientos?: «Os doy un mandamiento nuevo: Amaos los unos a los otros» (Jn 13, 34). Que nadie se excuse de un amor en virtud del otro amor, porque este amor es absolutamente coherente. Y del mismo modo que está perfectamente ensamblado, a todos los que dependen de él los convierte en una sola cosa, como si el fuego los hubiera fundido. He aquí el oro, la masa se ha fundido, no hay más que una sola cosa. Pero si no la calienta el fervor del amor, es imposible que la multitud se convierta en una sola cosa. «Por tanto, si amamos a los hijos de Dios, es señal de que amamos a Dios»."

    ResponderEliminar
  3. Y concluimos el fragmento del comenatrio de San Agustin: "¿Y en qué conoceremos que amamos a los hijos de Dios? «En que amamos a Dios y cumplimos sus mandamientos». Y ahora suspiramos porque es difícil cumplir el mandamiento de Dios. Escucha con atención lo que sigue. Hombre, ¿por qué te cuesta tanto amar? Porque amas la avaricia. Lo que amas cuesta mucho amarlo, pero amar a Dios no cuesta nada. La avaricia te va a traer problemas, trabajos, peligros, tormentos y preocupaciones, y sin embargo la obedeces. ¿Para qué la obedeces? A cambio de tener con qué llenar tu arca, pierdes la tranquilidad. No cabe duda de que estabas más tranquilo cuando no tenías nada que cuando has empezado a tener. Fíjate bien qué te trae la avaricia: has llenado tu casa, pero tienes miedo a los ladrones; ahora tienes oro, pero has perdido el sueño. La avaricia te dijo: «Haz esto», y lo hiciste. ¿Qué es lo que Dios te manda?: «Ámame. Si amas el oro, lo buscarás y puede que no lo encuentres; en cambio, si alguien me busca a mí, estoy con él. Si amas el honor, es posible que no lo consigas. Pero, ¿hay alguien que me haya amado a mí y no me haya conseguido?». Dios te dice: «Quieres tener un protector o un amigo poderoso, y tratas de conseguirlo por medio de otro inferior. Ámame —te dice Dios—; para llegar a mí no necesitas de ningún intermediario, porque el amor me hace presente en ti». Hermanos, ¿hay algo más dulce que este amor? «Los pecadores me han contado sus placeres, pero no hay nada como tu ley, Señor» (Sal 118, 85). ¿Y cuál es la ley de Dios? Su mandamiento. Y este mandamiento, ¿cuál es? El mandamiento nuevo, que se llama nuevo porque renueva: «Os doy un mandamiento nuevo: Amaos los unos a los otros». Esta es realmente la ley de Dios, pues dice el apóstol: «Ayudaos mutuamente a llevar las cargas, y así cumpliréis la ley de Cristo» (Gál 6, 2). El amor es, pues, el culmen de todas nuestras obras. Ahí está el fin. Por él corremos, hacia él nos dirigimos. Y cuando lleguemos a él, descansaremos".

    ResponderEliminar